Edna María Orozco

La víspera de cada 6 de enero, es probable que algunos de los que leen estas líneas, en su infancia hayan escrito cartas, mintiendo descaradamente, sobre su buen comportamiento, a unos seres maravillosos e invisibles que regalaban juguetes a los niños. Sus nombres todos los conocemos: Melchor, Gaspar y Baltasar, los reyes magos.
Sin embargo, las cosas no fueron siempre así. Debemos remontarnos a la antigua cultura egipcia que sigue deslumbrándonos con sus imponentes ciudades como Menfis o Luxor, las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino, los sarcófagos de sus faraones, y la Piedra Rosetta que permitió a los arqueólogos descifrar la escritura egipcia1. Esta civilización se hizo posible gracias al Río Nilo que fue visto como el gran dador de la vida. Sin él, no estaría escribiendo estas líneas.
Vayamos pues al evangelio de Mateo que da cuenta del nacimiento de Jesús y nos da una brizna de información sobre nuestros generosos reyes:
“Nacido pues Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos Magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella al oriente y venimos a adorarle [...] y llegando a la casa vieron al niño con María, su madre, y de hinojos le adoraron y abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra”.
Mat, II, 1, 2, 11
La Iglesia señala este momento como epifánico, es decir, Jesús muestra su naturaleza divina a los magos por vez primera. De ahí que los elegidos se arrodillen y le ofrezcan oro, por su realeza pues Él es el Rey de Reyes, incienso por su carácter divino y mirra por su condición mortal, un anticipo de lo que sería su calvario y muerte para redimir a la humanidad. Esta epifanía alude también al sentido ecuménico del cristianismo y a la universalidad de su mensaje salvífico.
No obstante, durante los primeros siglos del cristianismo en esa fecha los niños no escribían cartas a Melchor, Gaspar y Baltazar sino conmemoraban la natividad de Cristo pues “con ella se pretendió sustituir una fiesta egipcia, el nacimiento del dios Aión de una virgen. Esta fiesta se hacía para bendecir los dones del Nilo, cuyas aguas se tornaban del color del vino en estas fechas. De hecho, en las iglesias orientales el 6 de enero se celebró por mucho tiempo el nacimiento de Cristo y era el día en que se bautizaba a los catecúmenos”. 2
Lo que nos llama la atención, además de la fecha, es que la deidad nace de una “virgen”, como lo será María. En esta línea de pensamiento, habría que advertir que los dioses solares y Jesucristo es uno de ellos3, van a compartir varias características. El caso más cercano al tema que nos ocupa, es el dios Mitra. Esta deidad se expande por el imperio romano, medio milenio antes del nacimiento de Jesús. ¿No les parece curioso que haya nacido en una cueva, fuera adorado por pastores, se bautizaran con agua, el domingo fuese día de descanso como hasta la fecha, “el rito principal […] fuese un banquete cuyos protagonistas estelares eran el pan y el vino” y, para no hacer más larga la lista, su nacimiento lo sitúan el 25 de diciembre? 4
Con la llegada de Constantino el Grande como emperador romano en el siglo IV, famoso por haber fundado la ciudad de Constantinopla -ahora Estambul-, el cristianismo dejó de ser una religión perseguida, conoció la libertad y entabló “una riña ideológica” con los mitraicos. Sin ningún esfuerzo pueden adivinar quiénes triunfaron: claro, los cristianos. El emperador Teodosio emitió en 380 el edicto de Tesalónica convirtiendo al cristianismo en religión oficial del imperio.

Si observamos la imagen de San Apolinar el Nuevo, advertimos que nuestros magos llevan el gorro frigio de Persia, ya tienen nombre y aparece un nuevo elemento: la barba. Esto lo han interpretado como la representación de las tres edades del hombre: la juventud, la madurez y la vejez. En el evangelio apócrifo armenio, mucho más explícito sobre el tema, nos reitera la fecha de la natividad para enero, el nombre de los magos y hace una narración deliciosa de las vicisitudes que hubieron de enfrentar:
“Pero al cabo de tres días, es decir. el 23 de tébeth, que es el 9 de enero, he aquí que los magos de Oriente, que habían salido de su país hacía nueve meses, y que llevaban consigo un ejército numeroso, llegaron a la ciudad de Jerusalén. El primero era Melkon, rey de los persas; el segundo, Gaspar, rey de los indios; y el tercero, Baltasar, rey de los árabes. Y los jefes de su ejército, investidos del mando general, eran en número de doce. Las tropas de caballería que los acompañaban, sumaban doce mil hombres, cuatro mil de cada reino. Y todos habían llegado, por orden de Dios, de la tierra de los magos, su patria, situada en las regiones de Oriente. Porque, como ya hemos referido, tan pronto el ángel hubo anunciado a la Virgen María su futura maternidad, marchó, llevado por el Espíritu Santo, a advertir a los reyes que fuesen a adorar al niño recién nacido.” XI-1
Cuando llegan a la ciudad de Jerusalén, la estrella que los guía se detiene y los pobres hombres se sienten perdidos. Se instalan en las inmediaciones y en ese momento entra a escena Herodes, que ha pasado a la Historia por crímenes que no cometió y se olvidan los que sí llevó a cabo. Herodes y los magos se entrevistan y el tirano estuvo a punto de escabechárselos, pero un temblor de tierra, lo disuadió. Después de adorar al niño, el 12 de enero decidieron regresar a su país.
“Y, cuando deliberaban sobre si volverían a entrevistarse con Herodes, he aquí que una voz les habló, diciendo: No tornéis a Herodes, el tirano impío, porque quiere matar a ese tierno infante. Y, habiendo oído esto, los magos renunciaron a pasar por la ciudad de Jerusalén, y regresaron a su tierra por otro camino. Y, glorificando al Cristo, Dios del universo, marcharon a su patria, poseídos de gozo y siguiendo la ruta por donde el Señor los conducía.”
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Las imágenes superiores, además de ser una delicia, muestran un nuevo elemento: nuestros amigos están coronados. Aunque se hicieron algunos intentos previos para elevar su categoría de astrólogos o magos, a reyes, fue nada más y nada menos que Carlomagno, al ceñir la corona en la Navidad del año 800 en Santa María la Mayor de Roma. El tema adquiere un tamiz distinto a partir de ese momento: los Reyes Magos van a ser utilizados por el poder político6. Un tema que aparecía como un simple juego, en la medida que indagamos se transforma en una figura poliédrica, con caras insospechadas. Para muestra, habría que recordar el imponente relicario donde fueron depositados sus “restos”, en la catedral de Colonia y toda la cauda de historias y anécdotas que sería imposible narrar en este espacio. Asimismo, cada uno fue identificado como un representante de los tres continentes que en la Edad Media se conocían, es decir Europa, Asia y África y los problemas que surgieron cuando apareció el Nuevo Mundo y podríamos continuar…
Vamos a concluir con Beda el Venerable, cuyo nombre en inglés antiguo significa oración y su obra sigue vigente, de suerte que ha inspirado alguna homilía del papa Francisco. San Beda, además de aportar mucha información sobre el tema, nos cuenta que los regalos que le ofrecieron al Niño Dios también le servirían de una manera más profana: con la mirra se podrían deshacer de los animalitos que pudieran molestar al bebé, el incienso daría un olor agradable al portal y el oro ayudaría a solventar las necesidades de la familia. Ahora toca portarse bien, volver a ser niños y escribir una carta a los Santos Reyes.
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