Carmen Mondragón, la mujer que arrulló al sol

19.09.22 - Edna María Orozco

Carmen Mondragón, la mujer que arrulló al sol 1

Edna María Orozco

Una mujer de enormes ojos verdes aguarda expectante el barco que le traerá al amante. Espera al hombre que enciende y apaga el volcán que es ella misma, el volcán que ha hecho cenizas a otros. Su prodigiosa inteligencia nunca llegó a desentrañar la mala pasada del destino. El amante, encarnado en el capitán Eugenio Agacino, ha muerto en la travesía. Con él visitó innumerables veces La Habana y Nueva York; y de esos viajes surgieron esplendentes pinturas en las que parecían flotar juntos inmersos en lascivia, sensualidad, magia. Su recuerdo le acompañó el resto de su vida y murió envuelta en un lienzo donde había pintado su figura. Destrozada, sucia, enloquecida de dolor y en la miseria, la encontró el longevo poeta estridentista Germán Lits Arzubide, quien intentó ayudarla. Rechazó su auxilio y se perdió por las calles del puerto.

Retornó a la casa de su infancia, una enorme mansión porfiriana en la ahora colonia San Miguel Chapultepec. Ahí rondan los espectros de una madre estricta y un padre que hizo carrera en el ejército. El general Manuel Mondragón, defendió al régimen porfirista y participó en la conspiración para derrocar al gobierno legítimo y legal de Francisco Ignacio Madero. Con su venia, Gustavo Madero fue torturado cruelmente, cuando una soldadesca embriagada lo despojó del único ojo que tenía y luego lo emasculó. Participó en el magnicidio del presidente y el vicepresidente José María Pino Suárez. Carmen tenía 19 años, imposible que no se percatara de lo que sucedía, si con escasos diez años había escrito:

“Soy un ser incomprendido que se ahoga por el volcán de pasiones, de ideas, de sensaciones, de pensamientos, de creaciones que no pueden contenerse en mi seno, y por eso estoy destinada a morir de amor... No soy feliz porque la vida no ha sido hecha para mí, porque soy una llama devorada por sí misma y que no se puede apagar; porque no he vencido con libertad la vida teniendo el derecho de gustar de los placeres, estando destinada a ser vendida como antiguamente los esclavos, a un marido. Protesto a pesar de mi edad por estar bajo la tutela de mis padres”2

En esa casa vaga también el espectro del cadete militar Manuel Rodríguez Lozano, el que destruye todo lo que toca, con quien contrae nupcias en agosto de 1913. Salieron huyendo a París y en la ciudad luz vivieron uno de los episodios más oscuros de su vida: la muerte del hijo. Se dice que tú lo asfixiaste, por otro lado, que fue él durante un arranque de locura, lo estrelló contra el piso. El secreto se lo llevaron a la tumba. 

El matrimonio estaba roto, él era homosexual y tú un volcán de sexualidad incontenible. Una mañana clara paseaban por la Alameda y ahí encontraron a Gerardo Murillo, conocido como el Dr. Atl. Ese encuentro cambiaría sus vidas. Al día siguiente te mudaste con él. Viven cinco años en el claustro mudéjar del convento de la Merced, ahí descienden a los infiernos y tocan los dinteles de la gloria. Entre orgías báquicas se escriben cartas; los celos son los primeros actores que escandalizan a los fantasmas de los padres mercedarios y a los vecinos. En algún momento tomas una pistola y le apuntas al pecho del amado mientras duerme. Éste abre los ojos, se paraliza y con suavidad va despojándote delicadamente del arma. El amor no puede concluir su pena de que acaben literalmente muertos.

Atl la bautizó como Nahui Olin, clara alusión al sol cosmogónico del mundo mesoamericano. Sus maravillosos ojos verdes iluminarían ahora la nueva ciudad que cambia a ritmo acelerado. Diego Rivera la inmortalizó como la musa de la Poesía erótica en el mural de la creación en el colegio de san Ildefonso. Edward Weston supo captar no sólo la rebeldía de quien rompía con todas las convenciones que aprisionaban a las mujeres de su época, sino que navegó en las aguas profundas del interior de Nahui, una mirada abismada en el dolor que muestra un alma melancólica y desolada que no fue óbice para legarnos una obra pictórica y poética que nos sigue asombrando. 

“Me retraté desnuda porque tenía un cuerpo tan bello que no iba a negarle a la humanidad su derecho de contemplar esa obra”, dijo Nahui Olin, la mujer cósmica. Antonio Garduño captó aquel cuerpo perfecto, el norteamericano y, como mencionamos líneas arriba, Weston centró el lente en esos ojos de mirada insondable, donde se dan cita el misterio y el dolor.

Nahui fue una mujer polifacética. Se aventuró por los caminos de la pintura, la música, la filosofía, la ciencia, la lucha social como una de las primeras feministas y por supuesto la poesía. Concluimos estas líneas con un ejemplo salido de sus manos:

«Bajo la mortaja de leyes humanas, duerme la masa mundial de mujeres, en silencio eterno, en inercia de muerte, y bajo la mortaja de nieve – son la Iztaccíhuatl,

en su belleza impasible,

en su masa enorme,

en su boca sellada

por nieves perpetuas,

por leyes humanas.–

Mas dentro de la enorme mole, que aparentemente duerme, y sólo belleza revela a los ojos humanos, existe una fuerza dinámica que acumula de instante en instante una potencia tremenda de rebeldías, que pondrán en actividad su alma encerrada, en nieves perpetuas, en leyes humanas de feroz tiranía.– Y la mortaja fría de la Iztaccíhuatl se tornará en los atardeceres en manto teñido de sangre roja, en grito intenso de libertad, y bajo frío y cruel aprisionamiento ahogaron su voz; pero su espíritu de independiente fuerza, no conoce leyes, ni admite que puedan existir para regirlo o sujetarlo bajo la mortaja de nieve en que duerme la Iztaccíhuatl en su inercia de muerte, en nieves perpetuas».3

Concluyo estas líneas la madrugada del 19 de septiembre deseando que las fuerzas telúricas, que suelen visitarnos esta fecha, ahora se abstengan.

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