De difuntos y panteones

02.11.22 - Edna María Orozco

De difuntos y panteones.

Edna María Orozco

Acuarela del Palacio Legislativo de Émil Bénard

La diosa egipcia Isis toma delicadamente la mano del arquitecto Émile Bénard y le muestra su templo. La madre de Horus y consorte de Osiris lleva al agraciado y le revela:

“Todo está bajo el dominio de Cronos, nadie esquiva su insaciable apetito, sólo escapa la consciencia que renace de los mortales, y que ilumina su caminar”. Vio entonces una luz que lo llamaba desde el fondo de un largo corredor. Al acercarse, entró a una majestuosa sala coronada por una bóveda abierta y cuatro deidades que lo elevan al cielo. Desde ahí pudo observar el espectáculo celeste: vio a -Zeus dios justiciero- y a Mercurio, mensajero de los dioses, acercarse al sol, y al otro lado, la luna, fija como un gajo.”1

Al despertar, el arquitecto francés Émile Bénard guarda las imágenes por escrito para impedir se diluyan con los acontecimientos que están por venir. Un poco antes del mediodía del 23 de septiembre de 1910 y de manera simbólica, Porfirio Díaz colocará la primera piedra del suntuoso Palacio Legislativo que, desde 1903 se ha convertido en el motivo central de su vida. La ceremonia se llevó a cabo sin ningún contratiempo y, por la noche, se sirvió en Palacio Nacional, quizá el banquete más elegante y suntuoso que se haya dado en el lugar. 

Desde el Salón de Embajadores se tenía una vista privilegiada de la estructura metálica, colocada por la compañía norteamericana Milliken Bros, e iluminada para la ocasión.

Sin embargo, no todo era boato y felicidad. Algunos hechos aislados dan cuenta de lo que estaba por venir. La noche del Grito, el presidente salió al balcón y al querer tañer la histórica campana de Dolores no sonó sino hasta el tercer intento2. Esa misma noche Federico Gamboa, uno de los organizadores de las fiestas, se encontraba en uno de los balcones cuando un hombre perdido entre la multitud, portaba una imagen de Francisco I. Madero. Algún extranjero que estaba junto a él, le inquirió sobre la imagen. El autor de la famosa novela Santa, debe haber sudado y, para salir del paso le respondió que se trataba de Porfirio Díaz. 

¿Con barbas? Le replicó el extranjero. 

Sí, las usaba de joven.

Casi al finalizar las fiestas, en la avenida Hidalgo un joven de unos catorce años estelarizó una pelea con el chofer de una suntuosa diligencia. El bribón había tenido la osadía de gritar “Muera Porfirio Díaz”. El otro, al escucharlo, montó en cólera y con el látigo fustigó al desarrapado. 

-¿Cómo te atreves a gritar semejante infamia? ¿No te das cuenta cómo se ha esforzado el régimen para organizar estas suntuosas fiestas? 

El nombre del joven lo sabemos era David Alfaro Siqueiros3, el del cochero quedó en el olvido.

Pocas semanas después llegó el remolino de la Revolución y las obras del Palacio Legislativo se suspendieron. Se habían erogado hasta ese momento la friolera de $6,428,585.00. Y ya que hablamos de números “Si se le sumara al presupuesto inicial la inflación de 1910 a la fecha, el monto equivaldría a 1,478 millones de pesos actuales. Como punto de comparación, la Estela de Luz tuvo un costo reportado de 1,575 millones de pesos”. 4

De Palacio a Monumento

Aquel esqueleto metálico de 70 metros de altura no podía pasar inadvertido, sobre todo para los habitantes de los alrededores. En especial para el entonces niño Carlos Obregón Santacilia, que al regresar de la escuela en las calles de Serapio Rendón recordaba:

La esquina de Vallarta y Gómez Farías, junto al tapial era un lugar solitario y abandonado [...] al contacto con la mole ennegrecida de hierro, se hizo mi vocación de arquitecto, ahora lo veo, aquel saltar de las bardas, en las tardes maravillosas de México [...], algo debo de haber aprendido inconscientemente de proporciones y grandeza de masas, de ámbito bajo la bóveda, de espacio entre sus gruesos machones y arcos, de escala al bajar y subir sobre las enormes trabes de fierro de más de dos metros de peralte y 50 de largo”5

Hacia 1932, ya hombre y con una sólida carrera, Obregón Santacilia se percató que una cuadrilla de trabajadores de la Secretaría de Obras Públicas, empezaba a desmontar la cúpula que coronaba los restos del viejo Palacio. Inmediatamente se comunicó con el Secretario de Hacienda, a la sazón Alberto J. Pani, que ordenó detener las obras.

Le dije que era una construcción de grandes proporciones que ya formaba parte de la fisonomía y silueta de la ciudad, que si algún día se erigía un monumento se haría pequeño como otros que tenemos y que había que aprovecharlo; pero me preguntó en concreto, ya un poco irritado por mi insistencia, qué se podía hacer, yo le dije: un Monumento a la Revolución”6

Monumento a la Revolución Mexicana, fotografía de Haakon S. Krohn

En 1936, el presidente Lázaro Cárdenas decretó que en el monumento se creara un mausoleo para que reposaran los restos de los hombres más destacados de la Revolución. Aquí reposan los restos de Venustiano Carranza, Francisco I. Madero, Pancho Villa, Plutarco Elías Calles y el propio Cárdenas. 

Podríamos concluir estas líneas que, a vuelo de pájaro, intentan narrar la historia de un espacio icónico de la Ciudad de México. Sin embargo, no me resisto a compartir una extraña faceta del hombre que en su momento se le conoció como el Jefe Máximo. Me refiero a Plutarco Elías Calles, a quien se le recuerda, entre otras cosas, por la Guerra Cristera y el enfrentamiento con el general Cárdenas que lo envió al exilio en Estados Unidos. Es aquí donde nuestra historia se pone sabrosa. 

En la soledad, el tiempo corre lento y Calles lo dedica a valorar su actuar político y su propia vida. Considera que su mayor error como presidente fue perseguir a la Iglesia. Lo que realmente nos sorprende es el cambio radical que se opera en su interior. Plutarco se convierte en espiritista. Pero si creen que es el único, aquí tienen una lista de prominentes miembros: Miguel Alemán; Juan Andreu Almazán; el secretario de Salubridad, Abraham Ayala González; el ministro de Hacienda, Ramón Beteta; el ministro de la Suprema Corte de Justicia, Fernando de la Fuente; la actriz María Elena Marqués; el dirigente obrero Luis N. Morones; el secretario de Relaciones , Ezequiel Padilla; el secretario de la Presidencia de la República en el periodo del general Calles, Fernando Torre Blanca y un largo etc.

En un delicioso y bien sustentado ensayo de Fernando M. González7 nos relata lo puntillosos que podían ser los espiritistas que se reunían con el general, pues de cada sesión se levantaba un acta que registraba todo lo sucedido. En una de las sesiones, Calles ya desencarnado, logra llevarse un papel que una bella mujer guarece entre los senos. 

Como mencionamos líneas arriba aquí yacen Venustiano Carranza quien con frecuencia visita el museo ubicado en el sótano del monumento, para vigilar que su imagen no se demerite. Su acérrimo enemigo, Pancho Villa anda muy preocupado buscando su cabeza y a estas alturas no sabe si fue Álvaro Obregón por el brazo que perdió durante la lucha de facciones; Francisco I. Madero sostiene largas conversaciones con Plutarco Elías Calles sobre el ectoplasma8 y el mundo de los espíritus y, cuando Villa regresa desolado de sus viajes, procuran entretenerlo para que no pelee con Venustiano. El general Lázaro Cárdenas está muy contento porque, finalmente, se avanza en el proceso de restitución de tierras que él comenzó. El 29 de octubre de este año, el primer mandatario de la República hizo justicia con el pueblo yaqui. En la comunidad de Belem se firmó “el decreto de la devolución de 29 mil 241 hectáreas de tierras que se encontraban al interior del territorio tradicional como: La Noria del Sahuaral y El Picacho de Mosobanco” y al final señaló: 

“…trabajar con ustedes, es hacer justicia en los pueblos yaquis, es un homenaje a todos los que perdieron la vida, los que lucharon en la Revolución Mexicana por la justicia, la libertad, la democracia y soberanía nacional”9

Ahora se montan ofrendas por todas partes; la gente va a los panteones a limpiar las tumbas de sus difuntos y les llevan flores y sus guisos predilectos, sin faltar un buen trago; se realizan pintorescos desfiles; comen pan de muertos y la flor de cempoalxóchitl, que en náhuatl quiere decir flor de veinte pétalos, es la más socorrida. Sin embargo, nadie se acuerda que, en el corazón de la ciudad, están los restos de estos hombres que, cada uno a su manera, contribuyeron a construir el México de hoy, y nadie va a visitarlos. Sirvan estas líneas como desagravio y la imagen de una ofrenda, aunque sea de manera virtual, para que sepan que Mercurio Cultural los recuerda.

Ofrenda dedicada a Luis Miguel Orozco, empleado y colaborador por décadas de la empresa

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