Edna María Orozco
Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz
José Martí
Un 28 de agosto, de hace apenas unos años, salimos de excursión al ex convento agustino de Acolman. La fecha es importante porque justo ese día se conmemora al santo patrono de uno de los conjuntos arquitectónicos más bellos del plateresco mexicano. El patrono no podía ser otro que san Agustín, conocido como el Doctor de la Gracia y, sin lugar a dudas, una de las mentes más lúcidas que ha dado la iglesia católica.
Imaginemos por un momento que es 28 de agosto de 1560, el año de la conclusión del templo2. Las campanas acaban de tañer y todos nos dirigimos alborozados y curiosos al oficio divino. Las mujeres vestimos nuestras mejores galas, los hombres llevan calzón y tilma blanca y los chilpayates arman el alboroto acostumbrado. Caminamos bajo un cielo azul y conversamos en náhuatl. Cuando llegamos al atrio se va haciendo el silencio. A medida que nos acercamos a la fachada el asombro se apodera de nosotros. La gran mayoría de los presentes hemos trabajado en su edificación durante largas y extenuantes jornadas y, finalmente, vemos la obra terminada. La luz del sol destaca los colores con que hemos pintado la fachada como el amarillo y el ocre.

Un hombre le susurra a otro: ¡Y dicen que somos hijos del averno! Pero mire que cosas tan impresionantes construimos y además gratis. Acepto que ellos nos dicen cómo, pero nosotros hacemos todo lo demás. A su lado, una niña curiosa, mirando la fachada, le pregunta a su madre: ¿Qué fruta es esa que está junto a la mazorca del maíz? La mujer piensa unos momentos y responde: creo que la llaman granada. Y mire, allí arriba hay un guajolote y chile, uy y también cacao ¡Ya me dio hambre! Silencio escuincla que tenemos que entrar.
Cuando ingresamos, la mayoría nos estremecemos ante la altura de sus muros y un techo que los padrecitos llaman bóvedas de crucería. Los susurros continúan hasta que aparece el fraile. Se hace el silencio, el copal inunda el ambiente y se mezcla con el aroma de las flores. La dulzura de los cantos nos va envolviendo y empezamos a orar con el fraile el padre Nuestro:
“Tonantzin. Madrecita Nuestra, y Toiahtzin. Padrecito Nuestro… Auh yn axcan maxitechmomaquili [y hoy por favor que a nosotros des] yn totlaxcal yn momoztlaye toteh monequi [nuestra tortilla de cada día de nosotros necesario].”3

La imagen y las líneas anteriores nos abren algunas interrogantes. ¿Seguimos siendo los hombres y mujeres hechos de masa de maíz, tal como lo cuenta el Popol Vuh? ¿Somos católicos convencidos y el párroco y el pueblo de Acolman paganos irredentos? No tenemos respuesta, pero si una sugerencia: busque el sillón más confortable de su casa y tenga a la mano la obra cumbre de san Agustín, La ciudad de Dios, además de una buena dotación de tamales, tacos, esquites, palomitas y atole de masa. Quizá a través de la lectura y el dios del maíz transformado en delicias culinarias, encuentre alguna respuesta.
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