Edna María Orozco
Lucero hermoso, cuando me parta de aqueste mundo, tú me acompañas.
Oración a la virgen de El Pueblito
Aquella madrugada del 19 de junio de 1876, tres carruajes se dirigieron al antiguo convento de Capuchinas, que en ese momento fungía como cárcel, para recoger a los sentenciados de las celdas y llevarlos al cadalso. El último de aquel cortejo fúnebre era ocupado por un impasible indio otomí. Éste se había destacado por su valentía, disciplina y dotes militares. Debajo de la levita negra se colocó la banda azul de general y, acompañado de dos religiosos y un crucifijo, abordó la carroza1. Se llamaba José Tomás de la Luz Mejía Camacho.

Agustina Castro, su mujer, corre detrás del carro mientras abraza a su hijo recién nacido. Intenta subir al estribo, pero los guardias implacables lo impiden y cae. Con el rostro ensangrentado llora y maldice a su suerte. Su marido, que ha percibido la escena, con estoicismo espartano se mantiene impasible y no la mira. La mujer hubo de quedarse con los recuerdos de las últimas semanas, cuando lo acompaña en su celda y ve aquellos ojos negros como la noche mientras trata inútilmente de aliviar los dolores reumáticos que se han convertido en un tormento. Lo único que le quedó fue aquel hijo que sólo le dio dolores de cabeza2 y un escaso patrimonio compuesto por dos casas de adobe y dieciocho vacas.3
Es probable que durante el tiempo que estuvo en reclusión, Papá Tomasito, como lo llamaban los soldados serranos, recordara el momento en que conoció al emperador. Fue en el pintoresco pueblo de San Martín, cercano a Cholula, cuando el archiduque y su comitiva se dirigían a la capital del país que iba a gobernar. Lo que siempre ignoró es la descripción de la condesa Kolonitz que nos regala un retrato del otomí, no exenta de cierto clasismo:
“Es el general Mejía, hombre en la flor de la vida, alto, de piel casi color de bronce, los ojos negros y cintilantes, liso y negro el cabello, enérgicos los trazos de la cara y con modales sencillos y suaves que denuncian su origen indígena. Este hombre todavía joven es altamente estimado hasta por los propios franceses, pues a su probada lealtad aúna grandísimo valor.”4

Jamás Temió, apodo que se presta a muchas suspicacias, fue embalsamado como Maximiliano y Miramón. Dicen las malas lenguas que su viuda lo mantuvo tres meses en su casa sentadito en una silla. Lo cierto es que el cadáver se le entregó a la viuda y fue sepultado en la capilla de La Santa Escala en el templo de San Antonio. Tiempo después, Juárez se encargó de pagarle una sencilla sepultura en el panteón de San Fernando de la Ciudad de México.

El zapoteca nació en San Pablo Guelatao, Oaxaca, y el otomí en Bucareli en el actual municipio de Pinal de Amoles, en la sierra Gorda de Querétaro. Uno se destacó en la carrera civil llegando a ocupar la presidencia de la República; el otomí optó por la carrera de las armas. Su infancia tiene mucho en común: ambos conocieron el rigor de la pobreza, las privaciones y el desprecio “de la gente de razón”. El primero estaba movido por la curiosidad intelectual, el otomí empuñó el sable desde muy joven para luchar contra los apaches.
El único que tuvo oportunidad real de salvar la vida en el Cerro de las Campanas fue el otomí. Mariano Escobedo estaba en deuda con él, contraída en Río Verde a fines de 1863, cuando fue hecho prisionero por los hombres de Mejía y éste le salvó la vida. Al enterarse Juárez de la proposición de boca de Escobedo y su negativa, porque no incluía al emperador y Miramón, respondió:
“No me extraña la respuesta del señor Mejía; no podía esperarse otra cosa de él, porque es de nuestra raza, y especialmente de la mía. Eso no lo habrían hecho los blancos del otro lado del mar. Debemos lamentar la pérdida de un hombre como ese, que pudo haber hecho mucho a favor de la patria, si sus malos consejeros no lo hubieran hecho volver de Arroyo Zarco, cuando en 1862 iba a presentárseme a México para ofrecer sus servicios en bien de la nación. Sírvase usted, señor ministro, decir al señor general Escobedo, que lamento sobremanera el mal resultado de sus nobles gestiones, aprobando su noble oferta al señor Mejía, a la cual me adhiero en todas sus partes, en lo que se refiere a velar por su familia.”5
La cuestión central en este tema es cómo Mejía, tan católico como el resto de los liberales, lidió con el liberalismo del archiduque, que justamente perdió el apoyo del clero y sostuvo la Constitución de 1857 que encarnaba la manzana de la discordia.
La invasión francesa no resultó ser una marcha triunfal de las milicias europeas por tierras exóticas. El zapoteco de Guelatao, acompañado de un pueblo en armas, los humilló derrotándolos militarmente.
Para la gran mayoría de los mexicanos de hoy podemos decirte: Maximiliano la corona que ceñiste fue de sombras y ponzoña.
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