Edna María Orozco
Cuando los buitres te dejen tranquila y huyas de las trampas y el ultraje empezaremos a saber quién fuiste
María Elena Walsh

Te sentías fuera de lugar, no sólo eras bastarda sino adulterina1, doble fardo con el que hubiste de caminar durante tu breve vida. La vocecilla estaba ahí, arrebujada entre el carmín y los abrigos de pieles, cuando ya habías dejado el anonimato y las multitudes te aplaudían a rabiar.
Tu infancia y adolescencia transcurrieron entre la exclusión y la pobreza. En Junín, población a la que se mudaron a la muerte del padre, donde todas las casas se iluminaban entonces con lámparas de querosene, tus compañeras de clase se alejaban de ti. Mientras tanto, tu madre cosía para mantener a siete hijos y se desesperaba cuando llegaban tus notas: Cholita2 bien en historia, pero tres en matemáticas, decía desconsolada.

Con la audacia que te caracterizó, a la edad de quince años hiciste tu maleta donde guardaste tus sueños y sola te lanzaste a Buenos Aires. Querías ser actriz como tantas jovencitas. Sin embargo, la crisis económica de 1929 seguía presente y duplicó tu esfuerzo. Fueron años duros en los que pasaste hambre y, en ocasiones, dormiste en el pasillo porque tu compañera de cuarto te cerraba la puerta. Al fin consigues trabajo en la radio; ahí interpretas Mujeres de la historia y adquieres un “rico e inusual vocabulario, ese que dejó frases imborrables en la memoria popular.” En la medida que creces, va perfilándose la mujer que lucha por los derechos de los desprotegidos y, en 1936, fuiste una de las fundadoras de la Asociación Radial Argentina (ARA), primer sindicato de los trabajadores de la radio3.
El 15 de enero de 1944 a las 20:52, un terremoto en la ciudad de San Juan dejó miles de muertos y heridos. El coronel Juan Domingo Perón ministro de la Secretaría del Trabajo y Previsión decidió convocar a figuras del espectáculo para ayudar a recolectar fondos en el estadio Luna Park. De manera escueta tomó la palabra y planteó la cuestión. La primera en responder fue una joven rubia y delgada:
“¿Señor coronel, ha terminado de hablarnos? ¿Le permitiría opinar a esta actriz de radio?” […] ¿No les parece que la cuestión primordial es saber qué puertas y en qué lugar hemos de golpear? Adelanto mi parecer: el dinero habrá que buscarlo entre quienes lo tienen […] “Nada de festivales. ¿Qué es esto? ¿Un carnaval? Iremos directamente a pedir sin ofrecer nada. En este momento, no hay tiempo para organizar un espectáculo, un té, o una canasta. Cosas viejas que no sirven para otra cosa que para justificar la hipocresía. Nosotros vamos a patear la calle. Salgamos a pedir a los lugares públicos, pero también vayamos al hipódromo, al Jockey Club, a la Bolsa, a las Cámaras de Comercio, de la Industria, a los bancos… En esos ambientes diremos a la gente: “Nuestros hermanos están en desgracia, ¡vamos a ayudarlos!”.
Perón le respondió: “Bueno, ya que la idea partió de usted, asuma la responsabilidad de darle forma”, le dije. “Es lo que pienso hacer, ¡organizarlo todo!” Y le advirtió: “Eso, si usted me lo permite. Si, como afirma, la causa del Pueblo es su propia causa, por lejos que vaya, por grande que pueda ser el sacrificio, no dejaré de estar a su lado”.4
Lo que siguió es previsible: un mes después estaban viviendo juntos y mientras el amor florecía, en el horizonte se barruntaban signos de tormenta, como resultado de la política sindical llevada a cabo por Perón. Al hombre lo hicieron renunciar a sus puestos y lo tomaron preso. Los militares jamás esperaron la avasalladora respuesta de los sindicatos y dieron marcha atrás. Lo más irónico es que tuvieron que liberar al líder y llevarlo a dar un discurso desde la Casa Rosada. Había nacido el peronismo.
Las elecciones presidenciales serían en febrero del año siguiente y, después de un discreto matrimonio religioso, todas las energías de la pareja se concentraron en la campaña. Eva rompió los esquemas impuestos por la sociedad patriarcal y se plantó a la mitad del foro, “para arrancar a la epopeya un gajo”, como dijera el poeta zacatecano López Velarde. Ganó Perón y Eva se dedicó a trabajar codo a codo por la justicia social. Entre sus logros se cuentan, entre otros, haber conseguido el voto femenino y la Fundación Eva Perón.

Años después de la muerte de Eva, Perón cuenta cómo nació la Fundación para ayudar a los más desvalidos: “Mi mujer decidió dedicarse a la asistencia social y se instaló en el Ministerio de Trabajo, del que era titular José María Freire. Su competencia era distinta. Eva intervenía para los casos que eran infinitos, que escapaban al control y a la actividad del ministro. Nació así la Fundación Eva Perón, un organismo para la ayuda social de niños, muchachos, hombres, mujeres y ancianos, creando escuelas, hogares, clínicas, ambulancias y preventorios a los que el pueblo accedía sin ningún desembolso. Para los primeros fondos, Eva recurrió a mí. Una noche, en la mesa, me expuso su programa. Parecía una máquina de calcular. Por fin le di mi asentimiento. Le pregunté: ¿Y el dinero? Ella me miró divertida. Muy simple –me dijo– comenzará con el tuyo. ¿Con el mío? –dije-. ¿Cuál? Tu sueldo como presidente. El primer decreto ley de protección a la fundación fue creado por mi mujer en la mesa; no estaba lleno de artículos, pero fue más drástico que cualquier ley escrita.5
La Fundación llevó a cabo obras de gran importancia, y sus enemigos tuvieron que reconocerlo al criticar lo demasiado buena que era la comida, la atención y las ropas que repartía entre los humildes.
En el terreno internacional Evita cumplió un papel relevante en la Gira del Arcoíris, bautizada así por la prensa, cuando visitó varios países de Europa en representación de su marido. En España Carmen Polo, consorte de Franco, chocó inmediatamente con la argentina. Tiempo después, Eva recordó: “a la mujer […] no le gustaban los obreros, y cada vez que podía los tildaba de rojos porque habían participado en la Guerra Civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que no pude más, y le dije que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo, sino por imposición de una victoria. A la gorda no le gustó nada” […] Desde ese día cada vez que podía eludir un compromiso de acompañarme, lo hacía. Claro que yo, cada vez que pasábamos frente a un palacio comentaba: ‘Qué hermoso hospital se podría poner aquí para el pueblo’, porque los hospitales eran una ruina y la pobre gente tenía que atenderse en ellos porque no tenían otra cosa”.
A su regreso, siguió trabajando con pasión febril y el apoyo del pueblo era cada día más evidente. Lo anterior hizo que Perón, en el cenit de su gloria, dijera: “la única que puede hacerme una revolución y derrocarme es mi mujer”.

Un día se desmaya y no le da importancia. Pocas semanas después vuelve a desmayarse y acaba en el hospital donde la operan. Sale y vuelve al trabajo con más bríos; quienes la rodean le piden que pare. Eva está condenada: tiene cáncer.
María Eugenia Álvarez fue una de las enfermeras que la cuidó los últimos días. Por ella sabemos que en una ocasión llegó la solicitud de una mujer que está sola con siete hijos y requiere ayuda. La paciente envía a la enfermera a la recámara del presidente y le da indicaciones para abrir la caja fuerte y tomar algo de dinero. La mujer duda, pero cumple la orden. El apoyo llega a su destinataria. María Eugenia había robado al presidente por órdenes de su esposa. Así fue María Eva Duarte, se preocupó por “sus descamisados” hasta el último momento de su vida6. Millones de argentinos te lloraron mientras yaces tendida envuelta en el hábito franciscano7, con sólo treinta y tres años.
Millones la amaron, pero otros, los conservadores, la odiaron hasta la náusea. Como señaló el escritor Ezequiel Martínez Estrada, cuyas ideas políticas nunca fueron muy sólidas: “Esta mujer tenía no sólo la desvergüenza de la mujer pública en la cama, sino la intrepidez de la mujer pública en el escenario… una farsante capaz de representar cualquier papel, incluso el de dama honorable...”8. Tu cuerpo embalsamado fue robado y mancillado atrozmente. Tus odiadores se vengan en tu cadáver con la rabia de los impotentes, pero fracasan porque sigues viva hasta el presente como lo cuenta Facundo Cabral, autor de la célebre canción No soy de aquí, ni soy de allá, en un enternecedor video9.
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